domingo, 31 de julio de 2016

Memoria de la tierra



Antes de que las oenegés nacidas en el Norte del mundo
nos enseñaran a cuidarla,
antes de que la envenenáramos
en nombre de nuestro progreso,
antes de que le inyectáramos
químicos en las venas,
antes de que le vaciáramos las entrañas
para decorar con sus brillos nuestra piel,
antes de que le robáramos las semillas
para sembrarle destrucción,
antes de que le cambiáramos sus frutos
por clones de laboratorio,
antes de que contamináramos las aguas suyas
de las que bebemos,
antes incluso de que aprendiéramos a subsistir
gracias a su sabiduría
y de que cometiéramos la estúpida osadía
de someterla en nuestro afán de imitarla,
antes, mucho antes de que existiéramos los hombres
en su seno,
Ella era fuente infinita de vida.
Y todavía resiste, la Pachamama.


Mariano E. Pagnucco
(@ezepagnucco)

domingo, 3 de abril de 2016

La era del vacío


(Foto: web de Sudestada. Lo que sigue son fragmentos del texto titulado "Son horribles", publicado en la edición #141 de la revista Sudestada. Su autor es el filósofo, ensayista y docente Gustavo Varela.)

Son otra cosa. No son la rancia aristocracia del siglo XIX; no son las fieras fascistas del treinta. Se parecen a los de la Revolución Libertadora (los antiperonistas se parecen, cualquiera sea la filiación política o ideológica). Pero estos de ahora son definitivamente otra cosa. Varias, no una, pero lo que más son es efectivos (por eso mismo son patoteros).

En la política son de genealogía reciente, de fines de los setenta y comienzos de los ochenta: finanzas y era digital. O sea, máquinas de produccion y resultado. Ni Roca, ni Agustín P. Justo, ni Frondizi. Ni Onganía, ni De la Sota, ni Cobos. Eso es carne vieja. Los de ahora son buitres de carroña actual. No son de derecha: no es ese el rango que los mide. Son otra cosa; neo-empresarios, de bicicleta, aire libre y viernes casual. No tienen país de origen, no les importa la Argentina. Pueden vivir aquí o en cualquier lado.

No son conservadores ni ilustrados. Son gente a pura eficiencia y con muchos recursos técnicos. No tienen cultura, apenas aquella necesaria para el desplazamiento. En general son iletrados, de bostezo fácil frente a un libro.

Tienen preocupación por las formas, porque es parte del mismo asunto. Formas superficiales, de packaging de felicidad y armonía, de cartel en el subte que dice: "Si alguien se siente mal, ayudémoslo". Lo obvio se convierte en slogan. Este marketing de vida sana y comprensión es la exudación de la economía política que sostienen.

Son corporaciones que negocian. Ni fábricas fordistas ni empresa familiar. Estas corporaciones no tienen dueño, los excede. Son más grandes las acciones que la voluntad individual de un dueño. Por eso no importa si es Mauricio Macri o quién sea. Macri es un muy buen exponente, sí, pero el asunto es más amplio, de inscripción internacional, de lazos más complicados, de intereses cruzados. 
(...)

La política como aplicación
La administración del gobierno actual tiene una forma específica de ejercer poder: es la política vaciada como aplicación (app). No hay votantes, hay usuarios. Eso ofrecieron en las elecciones: aplicaciones para usuarios. Es decir, herramientas de uso y habilitación personal: ser felices, estar todos juntos, la alegría es poder colaborar, en todo estás vos, mirar al futuro. La aplicación más elocuente: cambiemos. Ante cualquiera de estas aplicaciones, la fuerza argumental en contra es vista como violencia. Y en el colmo de la aplicación, como soberbia.

La política como aplicación es el desplazamiento del elector al usuario móvil. La eficacia y la extensión de los íconos salen de las pantallas y se instalan y actualizan en la vida cotidiana.

(...)
La aplicación es eficiencia sin ética ni compromiso. Por eso se puede ser una y lo contrario. Carlos Melconián: "Vamos a devaluar"; Macri, un día después: "No devaluamos". La aplicación se actualiza. Todo es posible.

Cedamos siempre el asiento. Dejemos bajar antes de subir. Tiremos la basura en los cestos: aplicaciones para la vida Pro. La más clara, la que indica el gesto de un solapado disciplinamiento social: Esperemos siempre detrás de la línea amarilla.

No todo es aplicación. El poder judicial, el poder mediático y las fuerzas de seguridad no son aplicaciones, son la garantía de funcionamiento de las aplicaciones. ¿Para qué? Para la marcha precisa de la economía financiera y del vaciado político.

(El texto completo se puede encontrar en la edición en papel de la revista Sudestada.)

martes, 15 de marzo de 2016

La canción sigue queriendo

(Foto: www.yamp.com.uy)


El día que Alfredo Zitarrosa habría cumplido 80 años, Uruguay amaneció lluvioso, como si el cielo oriental estuviera especialmente sensible por el recuerdo de un cantor popular comprometido con los dolores de su gente y de su tiempo. La lluvia apenas pudo postergar un día el gran festival armado en homenaje a don Alfredo, que con dirección musical de Fernando Cabrera se llevó adelante en el mítico Estadio Centenario, el del primer Mundial de fútbol, en 1930, y el que recibió a los Rolling Stones por primera vez en la historia uruguaya apenas unas semanas atrás. Fue en ese estadio, también, donde Zitarrosa se reencontró musicalmente con sus compatriotas, en 1984, tras una larga década de exilio. No casualmente, cuando en esta noche de verano montevideana se apagaron las luces para dar comienzo formal al homenaje, volvieron a flotar en el aire las palabras que Alfredo pronunció aquella vez: "La ausencia ha sido larga, el exilio es duro, mi canción tiene una sola razón de ser que son ustedes. Muchas gracias. Ojalá, a partir de esta noche, ustedes me autoricen a seguir cantando a nombre de mi tierra". Ahora, como entonces, el público respondió con un aplauso cerrado. 

Estamos todos 
Lo que siguió fue un concierto muy sobrio -al mejor estilo Zitarrosa-, sin presentador ni mayor parafernalia que unas pantallas donde se leía el título de las canciones y sus intérpretes y se proyectaban algunas imágenes. Fue, sin más, una seguidilla de canciones para traer al presente al gran creador de canciones que partió de este mundo a los 52 años, en el verano de 1989.

¿Cómo dimensionar la figura de Zitarrosa en nuestros días y qué influencia tiene en las nuevas generaciones? Tal vez alcance una definición de Jorge Drexler en la previa al concierto: "Si hoy pasa algo acá, Uruguay se queda sin toda su generación de músicos, porque estamos todos". Salvo las ausencias notorias de Hugo Fattoruso (a causa de la reprogramación), Jaime Roos y Rubén Rada, en el escenario confluyeron destacados representantes de distintas vertientes y épocas de la música local: desde los contemporáneos al "Flaco", como Daniel Viglietti y los olimareños "Pepe" Guerra y Braulio López, hasta la nueva camada de rockeros encarnada en Sebastián "Enano" Teysera (La Vela Puerca) y Emiliano Brancciari (No Te Va Gustar), pero también Drexler y Martín Buscaglia y "Pitufo" Lombardo. Un detalle interesante fueron las presencias artísticas que remitían a los sucesivos exilios de Alfredo: Liliana Herrero y Lisandro Aristimuño (Argentina), Joan Manuel Serrat (España) y Tania Libertad (México), muy aclamados también. 

Con una búsqueda musical aggiornada y estilos interpretativos variados, a lo largo de dos horas y media se sucedió una buena parte del repertorio más característico de Zitarrosa. La primera ovación llegó con los versos de "Adagio en mi país" (En mi país, qué tristeza,/ la pobreza y el rencor./ Dice mi padre que ya llegará/ desde el fondo del tiempo otro tiempo/ y me dice que el sol brillará/ sobre un pueblo que él sueña/ labrando su verde solar.) y otro tanto sucedió con "Milonga cañera" en la voz de Viglietti (A mí me llaman peludo y he nacido en Bella Unión./ Soy uno de los que pudo meterle miedo al patrón.), y más tarde con "Guitarra negra" (Hago falta.../ yo siento que la vida se agita nerviosa si no comparezco,/ si no estoy.../ Siento que hay un sitio para mí en la fila,/ que se ve ese vacío,/ que hay una respiración que falta,/ que defraudo una espera...) y con varias otras canciones que dan cuenta de un compromiso ético y estético con el arte como herramienta transformadora. 

El cantor que renace del olvido
Alfredo -que fue carpintero, vendedor ambulante, locutor de radio y periodista antes de saltar al universo artístico- llegó a la música casi por casualidad en un momento de la historia latinoamericana en que las utopías sociales y políticas crecían al calor de las gestas revolucionarias del continente y el horizonte del socialismo parecía demasiado próximo. "No quiero morirme sin antes ver una América latina socialista", dijo alguna vez durante su residencia en México. 

En la coyuntura actual de utopías postergadas y realidades agridulces de esta parte del mundo, la canción de Zitarrosa, con su verso profundo y su melodía compañera, recupera vigencia para despertar emociones en aquellos que sufrieron la prohibición de escucharlo en los tiempos más oscuros y también para iluminar a las nuevas generaciones, que conectan con el cantor -antes que con el mito- a través de las jóvenes figuras que revisitan su cancionero, como quedó demostrado en el Centenario.

Hay algo muy cierto: los tiempos cambiaron. El Café Montevideo que reunía a los intelectuales de los años 60 y 70, sobre la avenida 18 de Julio, se ha convertido en una sucursal bancaria; frente a la vieja pensión de la calle Yaguarón, a metros del Cementerio Central donde descansa Mario Benedetti, la plaza Alfredo Zitarrosa convive con el progreso vertical de los desarrollos inmobiliarios; y los discos censurados en dictadura dieron paso a homenajes editoriales en forma de biografía o de historieta.

Así y todo, unas 35 mil personas en las tribunas y 54 artistas en escena (incluidos algunos de sus guitarristas de antaño) se reunieron para rescatarlo del olvido, como dice el candombe que cerró el festival, con todas las figuras cantando juntas.

En uno de sus textos de prosa breve y contundente, Eduardo Galeano cuenta que cuando Zitarrosa llegó al cielo y se puso a cantar a viva voz, hasta Dios dudó de su propia divinidad. ¿Será que Dios también estuvo en la celebración del 80° aniversario de Alfredo? Algo de los silencios entre canciones, de las estrofas filosas retumbando en los rincones del estadio y de la comunión de uruguayos y uruguayas de distintas generaciones una noche fresca de verano, hace pensar que el homenaje a un artista del pueblo es también un ritual esperanzador en estos tiempos en que América latina necesita encontrar nuevos faros e iluminar nuevas utopías.


Mariano E. Pagnucco
(@ezepagnucco) 

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Militancia de vida


(Este texto fue escrito al calor de los acontecimientos de las elecciones primarias en la Argentina, el 9 de agosto de 2015.)

En medio de la jornada electoral, la noticia quedó chiquita, relegada, marginal: en un accidente de tránsito falleció Micaela, una joven militante del Partido Obrero que iba a hacer tareas de fiscalización en la zona sur del Gran Buenos Aires (y en el mismo accidente resultaron heridos otros militantes). En la jornada más importante para la democracia -como nos venden los medios hegemónicos-, los protagonistas son los candidatos, las especulaciones sobre los resultados, las bocas de urna y la mar en coche, pero la muerte de una militante es una anécdota triste sin mayor trascendencia. Sin embargo, la muerte de una militante es una tragedia mayor para la sociedad que no se puede (no se debe) pasar por alto.

Un militante es alguien que pone el cuerpo, una persona que decide transformar en acción su inconformismo con este mundo que nos es dado y que los poderes de turno nos quieren hacer creer que no se puede cambiar. Están los que militan en partidos políticos, en causas ecologistas, en colectivos culturales, en organizaciones sociales, en radios comunitarias... la energía de la militancia es la que mueve al mundo, la que corre permanentemente las fronteras de lo posible, la que nos sacude ante la creencia de que las utopías son inalcanzables. El mundo sin militantes sería un lugar desolador, una maqueta inmóvil de vidas predestinadas a la inercia, un campo fértil sin semillas de futuro.

Por eso, el desafío cotidiano para cada uno de nosotros es echar mano a la pregunta madre: ¿militantes de qué somos? Resulta difícil creer que alguien pueda vivir su vida sin militar por algo. ¿Acaso es posible la vida sin que nos queme por dentro alguna urgencia que nos invite a la acción, a poner el cuerpo para modificar la realidad que nos toca? ¿Se puede pasar por el mundo, por este chiste breve que es la vida en la tierra, con la sola tarea de reproducir la vida y aceptarla como es sin más? Una respuesta posible es "Sí", pero viene acompañada de una verdad irrefutable: nadie extraña a los oficinistas de alma, pero todos lloran la pérdida de los soñadores. Al cabo, militar es aferrarse a un sueño y abrazarlo con la propia vida, y así la militancia se vuelve una forma de transitar la vida en busca de otros horizontes.

Cuando vaya bajando la espuma electoral, cuando la creencia de que la democracia se construye con votos una vez cada dos años pierda terreno ante la realidad que nos muestra la vida en la calle, cuando la rutina nos tire en la cara las hojas viejas del calendario que siguen cayendo mientras sólo nos empeñamos en transcurrir con los años, cuando los medios hegemónicos abandonen a los candidatos, los resultados y las especulaciones para vendernos algún que otro producto innecesario, entonces tendremos que pensar en Micaela y en nosotros mismos para indagarnos sobre la militancia que hemos elegido para caminar en este mundo.

Algunos descubrirán que su militancia es trunca, que el potencial transformador que les quema por dentro apenas alcanza la categoría de indignación y el máximo horizonte posible es una parrafada violenta en una red social. Otros entenderán que su militancia es incompleta porque no se ha hermanado con otros inconformismos, con otros sueños de futuros posibles, y entonces saldrán al mundo a reconocer a los pares que esperan ser encontrados. Otros -quizás los menos, ojalá los más- querrán profundizar su militancia ya convertida en acción ampliando las fronteras de sus luchas interiores, llenando cada rincón de su vida con compromiso transformador, por las futuras generaciones y también por ellos mismos, que no saben vivir sin sueños de cambio.

Entre los muchos venenos que nos convida la muerte, también nos ofrece la posibilidad inmejorable de pensar (y abrazar) la vida. Y entonces, en la soledad silenciosa de nuestra conciencia, aparece la pregunta madre: ¿militantes de qué somos? Porque la vida merece muchas cosas, pero ninguna tan importante como ser militada con alegría. Es la enseñanza de Micaela y de todos los militantes que caminan el mundo para transformarlo.


Mariano E. Pagnucco
(@ezepagnucco)